Cómo se reconocen las hormigas entre sí (y qué pasa cuando se pierden de vista)

Investigadores de la Universidad Rockefeller descubrieron que las hormigas pueden aprender a tolerar a individuos genéticamente distintos tras una exposición prolongada, pero pierden esa tolerancia si dejan de verlos. El hallazgo abre nuevas preguntas sobre la memoria olfativa y los circuitos cerebrales detrás del comportamiento social.

Una nueva persona llega al barrio, conviven un tiempo y luego se va ¿Seguirías tratándola igual al volver? Las hormigas, al parecer, enfrentan exactamente este dilema. La clave está en cómo se reconocen las hormigas: Usan el olfato. Y un nuevo estudio publicado en Current Biology revela que ese sistema olfativo es mucho más flexible —y más frágil— de lo que se pensaba.

Resumen de los hallazgos clave

  • Las hormigas usan perfiles de hidrocarburos cuticulares para reconocerse: cómo se reconocen las hormigas depende del olfato, no de la vista.
  • La exposición prolongada (aproximadamente un mes) es necesaria para establecer tolerancia hacia genotipos extraños.
  • Sin contacto, la tolerancia desaparece en unas 5 semanas.
  • Basta con encuentros esporádicos (2 días por semana) para mantener la tolerancia una vez establecida.
  • Las hormigas parecen reconocer su propio genotipo de forma intrínseca, independientemente de su historia social.
  • El mecanismo probable involucra memoria olfativa a largo plazo, no solo adaptación sensorial pasajera.
  • La discriminación química entre colonias muestra paralelos con la tolerancia inmunológica y el contacto intergrupal humano.

¿Por qué importa quién huele a qué?

Para una hormiga, saber quién pertenece a la colonia es cuestión de supervivencia. Las colonias pueden ser atacadas por parásitos sociales —insectos que intentan infiltrarse para aprovecharse de los recursos del grupo—, así que detectar a un intruso a tiempo es fundamental.

¿Cómo lo hacen? No con la vista ni con el oído, sino con el olfato. Las hormigas producen una mezcla de compuestos químicos llamados hidrocarburos cuticulares (CHC en inglés), sustancias cerosas que cubren su cuerpo. Cada colonia tiene una combinación particular de estos compuestos, una especie de “contraseña química” que permite reconocer a las propias e identificar a las ajenas.

Así es, en esencia, cómo se reconocen las hormigas: como una tarjeta de identificación olfativa. Si el olor coincide con el de la colonia, eres bienvenida. Si no, pueden atacarte.

El estudio: hormigas clonales, control total

Obrera de Ooceraea biroi. Vista de perfil, dorsal, cabeza y mapa de distribución. Imagen de Wikimedia Commons.

El equipo liderado por Tiphaine Bailly y Daniel Kronauer, del Laboratorio de Evolución Social y Comportamiento de la Universidad Rockefeller, utilizó una especie poco común: la hormiga raider clonal (Ooceraea biroi). Esta especie de hormiga carece de reina y se reproduce de forma asexual, lo que significa que todos los miembros de una línea genética son prácticamente copias exactas unas de otras.

Eso les dio a los investigadores algo muy valioso: control experimental preciso. Podían saber exactamente qué línea genética era cada hormiga, mezclar grupos con distintos perfiles químicos y hacer un seguimiento individual a lo largo del tiempo.

El diseño del estudio se llama crianza cruzada (cross-fostering): tomaron larvas y jóvenes adultas de una línea genética (B’) y las colocaron en colonias de otras líneas (A, B o D) durante un mes, en una proporción de una hormiga foránea por cada ocho residentes.

Lo que descubrieron: la tolerancia se aprende (con tiempo)

Después de un mes conviviendo con la colonia adoptiva, las hormigas B’ mostraron algo llamativo: ya no atacaban a las hormigas de su colonia adoptiva. Su perfil químico había cambiado —se había acercado al de las residentes— y su comportamiento también.

Pero la tolerancia era específica. Si antes convivían con la línea A, toleraban a la A. Seguían siendo agresivas con la línea D, y viceversa. No era una tolerancia general hacia todo lo extraño, sino aprendida hacia un “olor” concreto.

Esto confirma que cómo se reconocen las hormigas no está fijo desde el nacimiento. Es plástico, moldeable por la experiencia social.

¿Y si las separas? La tolerancia se desvanece

Aquí viene lo más interesante del estudio. Una vez establecida la tolerancia, los investigadores separaron a las hormigas B’ de su colonia adoptiva y observaron qué pasaba con el tiempo.

Los resultados fueron claros:

  • Durante las primeras 3 semanas, las hormigas seguían tolerando a las de su antigua colonia adoptiva.
  • A partir de la semana 5, volvían a atacarlas como si fueran extrañas.
  • En paralelo, su perfil químico también fue cambiando de vuelta, aunque nunca regresó del todo a la versión original.

Es decir: sin contacto continuo, la tolerancia aprendida se erosiona. El “recuerdo” olfativo se borra, o al menos deja de ser suficiente para suprimir la agresión.

El truco: basta con un poco de contacto

Ahora bien, los investigadores querían saber si bastaba con encuentros ocasionales para mantener la tolerancia. Y aquí los resultados sorprendieron.

En los experimentos, los ensayos de comportamiento se realizaban dos días por semana, con cinco días de descanso entre sesiones. Ese contacto esporádico —dos días por semana— fue suficiente para mantener la tolerancia durante semanas.

Pero cuando los investigadores saltaron una semana entera sin ningún contacto, la agresividad regresó en la semana siguiente.

Esto tiene una implicación importante: mantener la tolerancia es más fácil que establecerla desde cero. Para aprender a tolerar a un extraño, las hormigas necesitan semanas de convivencia intensa. Para no olvidarlo, basta con encuentros breves pero regulares.

¿Memoria olfativa o simple adaptación sensorial?

Una pregunta que los investigadores plantean en el artículo es qué mecanismo está detrás de todo esto. Hay dos hipótesis principales:

1. Adaptación sensorial periférica: Las antenas de la hormiga simplemente se “acostumbran” al olor extraño y dejan de registrarlo como amenaza. Es un mecanismo simple y rápido, pero también efímero: en otros insectos como la mosca del vinagre (Drosophila), este tipo de adaptación se revierte en minutos tras dejar de recibir el estímulo.

2. Memoria olfativa a largo plazo: El cerebro de la hormiga almacena activamente la información sobre el olor de la colonia adoptiva y la usa para suprimir la agresión. Este mecanismo sería más duradero y explicaría por qué la tolerancia persiste varios días incluso sin contacto.

Los autores del estudio se inclinan por la segunda opción. Se sabe que las hormigas pueden formar memorias olfativas que duran desde horas hasta meses. Algunas especies recuerdan los olores de compañeras individuales incluso después de un año de separación. Eso hace plausible que la memoria olfativa de las hormigas implique estructuras cerebrales como los cuerpos pedunculados (mushroom bodies en inglés), regiones asociadas al aprendizaje olfativo en insectos.

Un detalle curioso: nadie ataca a su propia gente

El estudio encontró algo más que merece atención. Las hormigas B’ criadas desde el estado de huevo en una colonia adoptiva —sin haber tenido contacto nunca con otras hormigas de su propia línea genética— de todas formas no atacaban a sus “congéneres” cuando las conocían por primera vez.

¿Cómo es posible tolerar a alguien que nunca has visto? Los investigadores sugieren que las hormigas podrían aprender a reconocer su propio perfil químico intrínseco —el que producen ellas mismas— independientemente del olor de la colonia donde vivan. En otras palabras, tienen un “sentido de sí mismas” que va más allá de la experiencia social.

Esto implicaría que el reconocimiento no es solo aprendido desde el entorno, sino también autodirigido. La colonia te da una parte de tu identidad química, pero hay algo que llevas contigo desde el principio.

Las hormigas y nosotros: paralelos que van más lejos de lo esperado

Los investigadores no se resisten a señalar un paralelo con otros sistemas biológicos. En el sistema inmunológico de los vertebrados, la exposición repetida y a bajas dosis a un agente extraño puede inducir tolerancia en lugar de respuesta defensiva. Es el principio detrás de la inmunoterapia para alergias: exponer gradualmente al sistema inmune a pequeñas cantidades de un alérgeno para que deje de verlo como amenaza.

Las hormigas parecen seguir una lógica conceptualmente similar: exposición continua → tolerancia; falta de exposición → vuelta a la agresión.

También hay paralelos con la psicología social humana. Estudios clásicos sobre el contacto intergrupal —la llamada teoría del contacto de Gordon Allport— sugieren que el contacto positivo y repetido con miembros de otro grupo reduce el prejuicio. Las hormigas llevan haciendo esto millones de años antes de que lo formuláramos como teoría.

Y no es la única estrategia colectiva que tienen. Otros estudios han mostrado que las hormigas también son capaces de reorganizar físicamente sus colonias para frenar epidemias, algo que los investigadores llaman “inmunidad arquitectónica”. Gestionar quién entra, quién se queda y cómo se organiza el espacio parece ser una capacidad central de estas sociedades.

Cómo se reconocen las hormigas no es solo un mecanismo de identidad de colonia: es una ventana a principios más generales sobre cómo los sistemas vivos gestionan la frontera entre “nosotros” y “los otros”.

¿Qué sigue? El cerebro de la hormiga

Para los investigadores de Rockefeller, este estudio es solo el comienzo. Ahora que tienen el mapa conductual claro —cómo y cuándo las hormigas aprenden, mantienen y pierden la tolerancia—, el siguiente paso es entrar al cerebro.

“Ahora podemos combinar las herramientas neurobiológicas con este sistema conductual e imaginar la actividad neural mientras una hormiga encuentra a una compañera de nido o a una extraña”, explicó Kronauer. Las hormigas estudiadas cuentan con herramientas genéticas establecidas que permiten manipular y observar circuitos neuronales específicos. La pregunta concreta: ¿en qué parte del cerebro ocurre este aprendizaje social?

La discriminación química entre colonias de hormigas y la tolerancia social en insectos, hasta ahora estudiadas principalmente desde el comportamiento y la química, están a punto de ser exploradas también desde la neurociencia.


Preguntas Frecuentes

¿Cómo se reconocen las hormigas entre sí?

Las hormigas se reconocen principalmente por el olfato, mediante unos compuestos químicos llamados hidrocarburos cuticulares (CHC) que recubren su cuerpo. Cada colonia tiene una “huella química” única dada por la proporción específica de estos compuestos. Una hormiga que no huele igual que la colonia es tratada como intrusa y puede ser atacada.

¿Pueden las hormigas olvidar a sus compañeras de colonia?

Sí. Este estudio demuestra que si una hormiga deja de tener contacto con su colonia de adopción durante aproximadamente 5 semanas, vuelve a tratar a esas hormigas como extrañas. La tolerancia no es permanente: requiere un refuerzo periódico a través del contacto físico.

¿Cómo aprenden las hormigas a tolerar a extraños?

A través de una convivencia prolongada. Cuando una hormiga joven pasa al menos un mes en una colonia de genética diferente, su perfil químico se modifica y aprende a no agredir a esas hormigas. Sin embargo, ese aprendizaje tarda semanas en establecerse y se pierde si el contacto se interrumpe demasiado tiempo.

¿Por qué las hormigas atacan a hormigas de otras colonias?

Porque su sistema olfativo detecta una “contraseña química” diferente. Cada colonia tiene una mezcla específica de hidrocarburos cuticulares. Si una hormiga foránea no huele a “las nuestras”, el cerebro de la hormiga la identifica como una posible amenaza —un parásito social o una competidora— y desencadena una respuesta agresiva.


Fuente: Bailly et al., “Tolerance toward foreigners in ants requires chronic exposure for establishment but only sporadic exposure for maintenance”, Current Biology, 2026. DOI: 10.1016/j.cub.2026.02.041

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