Trauma psicológico en la guerra: cuando el daño del propio grupo es peor

Ser víctima de violencia durante un conflicto armado siempre genera trauma. Pero un nuevo estudio en PNAS Nexus revela que la fuente importa tanto como el daño: la violencia ejercida por miembros del propio grupo étnico produce entre tres y cinco veces más trauma psicológico que la perpetrada por el grupo enemigo.

Hay una pregunta que la investigación sobre conflictos armados tardó demasiado en hacerse: ¿importa quién te hace daño, o solo cuánto daño te hace? Un estudio publicado este mes en PNAS Nexus ofrece la primera respuesta directa y cuantificada. La conclusión es llamativa: el trauma psicológico en la guerra es hasta cinco veces más severo cuando el agresor pertenece al mismo grupo étnico que la víctima.

¿Qué es el PTSD y por qué estudiarlo en zonas de conflicto?

El trastorno de estrés postraumático (PTSD por sus siglas en inglés) es una respuesta psicológica que puede desarrollarse tras vivir o presenciar eventos violentos. Se manifiesta como flashbacks, pesadillas, hipervigilancia y dificultad para funcionar en la vida cotidiana.

Décadas de investigación en zonas de conflicto (Afganistán, Irak, Uganda, los Balcanes) han documentado tasas elevadas de PTSD entre poblaciones afectadas por guerras. La mayoría de esos estudios, sin embargo, se centran en la violencia entre grupos opuestos: el ejército contra los rebeldes, una etnia contra otra.

Lo que casi nadie había medido anteriormente, es qué pasa cuando la violencia viene de dentro. En muchos conflictos civiles, los grupos armados también ejercen represión, reclutamiento forzado o castigos sobre sus propias comunidades. Esto se llama violencia intragrupal, y su impacto sobre la salud mental se está desarrollando en la literatura científica.

El hallazgo central: el daño del propio grupo es más profundo

Joan Barceló y Keshana Ratnasingham, investigadores de la Universidad de Nueva York en Abu Dabi, compararon el impacto psicológico de dos tipos de violencia en civiles tamiles del norte de Sri Lanka, trece años después del fin de una guerra que duró 26 años.

El caso de Sri Lanka es especialmente útil para este análisis porque el conflicto tuvo dos capas simultáneas: violencia intergrupal, ejercida por las fuerzas sinhalesas contra la población tamil; y violencia intragrupal, perpetrada por los Tigres de Liberación del Eelam Tamil, el principal grupo rebelde tamil, contra su propia comunidad.

El resultado principal es contundente: el trauma psicológico en la guerra provocado por la violencia del propio grupo generó entre tres y cinco veces más daño medible que el causado por el grupo enemigo. Y esa diferencia se mantuvo trece años después del fin del conflicto.

“La violencia intragrupal es especialmente dañina porque erosiona la confianza dentro de la propia comunidad, destruye las redes de apoyo y genera una sensación de traición.” Joan Barceló, investigador principal, NYU Abu Dabi

Por qué duele más la traición que un ataque enemigo

La explicación tiene una lógica psicológica precisa. Cuando la violencia viene de un grupo externo identificable, la mente puede organizarla con mayor facilidad: hay un “otro” a quien culpar, una narrativa coherente que ayuda a procesar lo ocurrido. Eso no elimina el trauma, pero puede moderarlo.

Cuando quien te hace daño pertenece a tu mismo grupo étnico, esa narrativa se quiebra. La violencia intragrupal genera disonancia cognitiva: entra en conflicto con la identidad propia, destruye la confianza en las personas cercanas y deja a la víctima sin los apoyos sociales que normalmente sirven como amortiguadores del trauma.

Los investigadores llaman a esto “lesión moral” combinada con “conflicto de rol”: la persona no solo sufre el daño del evento, sino también la pérdida de referencias identitarias y comunitarias que hacían posible la recuperación.

Este mecanismo explica también el segundo hallazgo del estudio. El crecimiento postraumático, la capacidad de encontrar cambios positivos después de un trauma, como mayor aprecio por la vida o resiliencia reforzada, aparece asociado a la violencia intergrupal, pero no a la intragrupal. Cuando la violencia viene del propio grupo, los procesos psicológicos que normalmente permiten crecer después de un trauma quedan bloqueados.

Cómo se hizo el estudio

En 2022, los investigadores realizaron encuestas cara a cara con 628 adultos tamiles en el distrito de Jaffna, al norte de Sri Lanka. Los participantes tenían 18 años o más y fueron seleccionados mediante muestreo aleatorio estratificado en 32 divisiones administrativas locales.

Cada encuestado respondió preguntas sobre 35 tipos distintos de experiencias relacionadas con la guerra e indicó, para cada una, la intensidad de su exposición, en una escala de 0 a 3, y la identidad del perpetrador: fuerzas sinhalesas o actores tamiles.

Para medir el trauma psicológico en la guerra se usó el cuestionario PCL-C, una escala clínica validada de 17 ítems con alta fiabilidad. Para el crecimiento postraumático, se aplicó el cuestionario PTGI-SF de 10 ítems. El análisis estadístico fue una regresión controlando por género, edad, educación y condiciones socioeconómicas previas a la guerra.

Los resultados en números

IndicadorResultado
Prevalencia de PTSD severo en Jaffna (2022)43,3%
Prevalencia de crecimiento postraumático moderado-alto38,2%
Incremento en PTSD por evento de violencia sinhalesa (intergrupal)+0,09 a +0,12 puntos
Incremento en PTSD por evento de violencia tamil (intragrupal)+0,36 a +0,43 puntos
Tasa de impacto intragrupal vs. intergrupal en PTSD3 a 5 veces mayor
Asociación violencia sinhalesa con crecimiento postraumáticoPositiva y significativa
Asociación violencia tamil con crecimiento postraumáticoNo significativa

Casi la mitad de la población adulta en Jaffna presentaba PTSD severo en 2022, trece años después del fin del conflicto. Al mismo tiempo, el 38,2% mostraba crecimiento postraumático moderado-alto. Ambas cifras coexisten, lo que refleja que la recuperación psicológica tras una guerra no sigue un camino lineal.

El estudio también analizó el 11% de personas con exposición alta a ambos tipos de violencia. En esos casos, la presencia de violencia intergrupal pareció amortiguar parcialmente el impacto de la intragrupal, posiblemente porque permite redirigir la atribución del daño hacia un agente externo.


Qué significa esto para las políticas de salud mental post-conflicto

Las intervenciones de salud mental post-conflicto suelen diseñarse atendiendo a la gravedad de la exposición a la violencia, sin distinguir de dónde vino esa violencia. Este estudio sugiere que ese enfoque es incompleto.

Quienes sufrieron el trauma psicológico de la violencia intragrupal tienen un perfil de necesidades distinto al de quienes vivieron violencia intergrupal. Para los primeros, los mecanismos habituales de recuperación (narrativa de grupo, solidaridad comunitaria, atribución a un enemigo) están dañados precisamente porque el daño vino de dentro. Los programas de reintegración comunitaria y restauración de la confianza deberían ser, en estos casos, componentes centrales del tratamiento, no complementos opcionales.

Instrumentos que identifiquen el tipo de perpetrador, y no solo la cantidad de eventos traumáticos, podrían mejorar la orientación de los recursos disponibles. Es un cambio de enfoque que tiene implicaciones prácticas reales para cómo se diseñan los protocolos de atención en zonas post-conflicto.

¿Esto cambia algo hoy en la práctica clínica? Honestamente, no de forma inmediata. El estudio es observacional y está circunscrito a un contexto específico. Pero señala una dirección clara. Vale la pena recordar que la ciencia también busca nuevas herramientas farmacológicas para tratar el daño que deja la violencia: un estudio publicado en 2025 mostró que la sertralina, un antidepresivo común, redujo la reincidencia en violencia doméstica en un 21%, lo que apunta a que el tratamiento del trauma y la violencia puede abordarse desde ángulos muy distintos a la vez.

Y más allá de los fármacos, la evidencia sobre intervenciones para el estrés crónico sigue creciendo: los suplementos de omega-3 han mostrado efectos modestos pero reales sobre el estrés y la memoria en adultos, lo que ilustra que el ecosistema de herramientas para la salud mental post-conflicto es más amplio de lo que los protocolos habituales reconocen.

Los límites del estudio

Los propios autores señalan varias restricciones importantes. El diseño transversal (una sola medición en el tiempo) impide establecer causalidad con certeza. Las medidas se basan en autoinforme, lo que introduce posibles sesgos de memoria, especialmente trece años después de los hechos.

La muestra cubre exclusivamente a tamiles en Jaffna, una región específica de Sri Lanka, lo que limita la generalización directa a otros contextos. El estudio tampoco examina cómo variables como el género o la edad en el momento de la exposición modulan los efectos observados, algo que los investigadores identifican como tarea pendiente.

Dado que la participación fue voluntaria y algunas personas muy afectadas pudieron declinar responder, los niveles reportados de PTSD son probablemente una estimación conservadora de la realidad.

Puntos clave

  • El trauma psicológico en la guerra es tres a cinco veces más severo cuando el agresor pertenece al mismo grupo étnico que la víctima, en comparación con la violencia ejercida por grupos opuestos.
  • El crecimiento postraumático apareció asociado a la violencia intergrupal pero no a la intragrupal: cuando el daño viene de dentro del propio grupo, los procesos psicológicos de recuperación positiva quedan bloqueados.
  • El 43,3% de adultos tamiles en Jaffna presentaba PTSD severo en 2022, trece años después del fin del conflicto.
  • Las intervenciones de salud mental post-conflicto deberían incorporar la identidad del perpetrador como variable de diagnóstico, no solo la gravedad o cantidad de eventos traumáticos.
  • Los casos de violencia intragrupal requieren un enfoque centrado en reintegración comunitaria y restauración de la confianza como componentes centrales, no secundarios, del tratamiento.

Barceló, J. & Ratnasingham, K. Mental health impact of intragroup vs. intergroup wartime violence. PNAS Nexus, 5(3), pgag058 (2026). https://doi.org/10.1093/pnasnexus/pgag058

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